sábado, 30 de marzo de 2013

LUZ ROJA, POR FAVOR

Llegando a la facultad espero en la esquina que el semáforo cambie de color y me permita el paso. Verde, verde, amarillo (me preparo), ROJO... ¿cruzo?... no, no es tan fácil. Por alguna razón ese semáforo que debería ser totalmente respetado (como cualquier otro) por estar frente a una universidad, es olímpicamente ignorado. Para cruzar entonces debo hacer la siguiente maniobra: bajo del cordón para que vean mi intención y los observo fijo, una vez que veo que frenan avanzo, sin dejar de mirarlos. Cruzo lento para ponerlos nerviosos. Parece fácil quizás, pero no lo es tanto, algunos no tienen intención de frenar.
Esto es sólo un ejemplo, pero la realidad es que la falta de respeto a las reglas de tránsito puede verse en cualquier calle de la ciudad; mires a donde mires hay una regla que es pasada por alto.
Transitar por esta ciudad (a pie, en auto, en bondi, en moto, en bici...) es equivalente a enfrentarse a un caos. Una vez más nos topamos con el egoísmo, pero no sólo eso, al no respetar las señales de tránsito estamos arriesgando nuestras vidas por tan sólo ahorrarnos unos minutos de tiempo, aún peor es que arriesgamos la vida de otros.
Autos que exceden la velocidad máxima aún en calles de barrio donde podría haber niños jugando, autos que estacionan en doble fila o en las esquinas tapando las bajadas (en estos casos siempre me pregunto por qué no son capaces de apreciar sus piernas estacionando un poco más lejos y caminando al lugar al que deben ir, ¡¡CAMINAR NO LOS VA A MATAR!!), autos de contramano, autos que tienen las luces de giro de pinta (¡¡no podemos leerles la mente!!), colectivos que se tiran encima de los autos y los encierran, colectivos que no paran cuando uno levanta la mano, bicicletas a contramano y que no respetan semáforos (no pueden tener sus propias leyes), motos que andan por donde se les canta la gana, vehículos que frenan sobre la senda peatonal y peatones que cruzan por donde quieren en vez de cruzar por las sendas correspondientes, peatones y vehículos que cruzan con la barrera baja, bocinazos mágicos que intentan crear autos voladores (siendo que tocar bocina por cualquier cosa está prohibido), viajar sin cinturón o casco (de a 3 y con ¡niños!), autos que avanzan sobre la banquina (que ganas de pincharles las ruedas), manejar hablando por teléfono o mandando sms... Son tantas las faltas cometidas, son tantos los riesgos a los que nos sometemos, ya sea por cuenta propia o por un tercero... ¡WELCOME TO THE JUNGLE!
¿Por qué tienen que ser tan acelerados, tan impacientes, tan individualistas? Si todos fuéramos ordenados y respetuosos de las leyes, el tránsito sería más fluido y menos estresante. Por sobre todo, sería más seguro y habrían muchas menos (o ninguna quizás) muertes por accidentes de tránsito. Hay que valorar el tiempo de vida y no jugarlo todo por ahorrarnos unos pocos minutos de espera.

¿Es necesario arriesgar así a los niños?


viernes, 29 de marzo de 2013

VIAJAR COMO GANADO

Mientras esperaba un colectivo al que pudiera subir, me puse a observar a la gente. Todos desesperados por subir a bondis atestados, todos en actitud egoísta, todos en una actitud que casi podría tildarse como suicida debido a los riesgos que se atreven a pasar con tal de no esperar el siguiente transporte.
Pensé entonces "¿puede cambiarse esta mentalidad?" Puedo comprender esta actitud a la hora de ir al laburo por la necesaria puntualidad, pero no la comprendo a la hora del regreso a casa.
Cuando salgo de la universidad a la noche, cansada, emprendo mi retorno al hogar; pero desde el momento en el que abandono el aula ya me siento libre. Me permito respirar el aire nocturno y caminar lento pues ese tiempo ya es mío. Sumirme en una lucha para subir al colectivo, para viajar como una (pobre) sardina enlatada o viajar colgada del estribo del tren, sumándole el maltrato y egoísmo de la gente, supone un estrés que no estoy dispuesta a padecer. ¿Por qué no hacer un paseo? ¿por qué no dejar pasar un bondi o dos o más (siempre que sea posible) para viajar con comodidad? ¿por qué sólo se piensa que descansar es llegar lo más pronto posible a casa a comer y dormir para volver a empezar al día siguiente? ¿por qué no aprovechar (aunque sea un ratito) de ese tiempo libre para disfrutarlo?
Comprendo que el sistema de transporte es bastante desastroso, pero si aprendemos a relajarnos de otra manera, a pensar en el otro, a poner una sonrisa en vez de gruñirnos, podríamos lograr que el regreso a casa sea placentero en lugar de ser estresante. Que el regreso sirva para despejar la mente y no para maquinarnos y llegar a casa puteando y esparciendo esa mala onda sobre los demás. Así no se puede descansar con tranquilidad y logramos que abrir los ojos al día siguiente sea torturante.
¿Se podrá lograr que cada fin del día sea un poquito viernes y que todos los días siguientes sean un poco sábado?
El tiempo después del trabajo, después de la facu, ya es nuestro; aprovechémoslo con calma.

¡Ohm y hakuna matata!